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CARLOS MARIO GALLO MARTÍNEZ

BETO, MI MASCOTA

BETO, MI MASCOTA

BETO, MI MASCOTA

Para muchas personas, las mascotas son una parte importante de la vida, y ocupan un sitio especial en el corazón.  Una mascota puede ser un compañero fiel, una parte integral de la vida hogareña y del programa diario de una persona.  Una mascota puede dar un amor incondicional que muchas personas no pueden obtener de nadie más. Por esto, cuando una mascota especial muere, esta pérdida puede tener un impacto significativo sobre la salud y el bienestar de una persona.

Los animales realizan muchas tareas para los humanos y los lazos afectivos que se forman entre ellos pueden llegar a ser muy fuertes, y pueden despertar fuertes sentimientos de apego. Por eso, muchas personas se sorprenden ante la profundidad de los sentimientos que experimentan ante la muerte de su mascota. La verdad es que una mascota querida es más que una compañía, es un miembro valioso de la familia y una parte de la vida diaria.

Su afecto incondicional, su hacer y sus enseñanzas hacen que se gane su espacio en nuestra familia y en nuestros corazones. Su compañía nos permite expresar emociones y aliviar el estrés. Nuestra mascota nos enseña a:

    Aprender a cuidar de otros.
    Manifestar los afectos, desarrollar mejor la sensibilidad, la ternura y el cariño hacia un tercero.
    Jugarse en un amor más profundo.
    Educar (aprendemos a enseñar hábitos y normas a los demás y ponemos en práctica lo que nos han enseñado).
    Entender el ciclo de la vida (especialmente en el caso de los niños, pues aprenderán que todos nacemos y moriremos alguna vez).

Las mascotas viven vidas relativamente cortas. Y para muchos de los que las amamos, su muerte puede afectarnos tanto o más que la de ciertos familiares o amigos. Sin duda, son muy pocos los que no son tocados por la muerte de un animal doméstico. Los animalitos simbolizan diferentes cosas en  cada uno de nosotros: pueden ser el niño que todavía no hemos concebido, o quizás el que todos llevamos dentro; puede reflejar al compañero o al padre ideal, siempre fiel, paciente, que nos da la bienvenida al llegar a casa y nos ama incondicionalmente. Es como un amigo y un hermano al mismo tiempo. Nos refleja a nosotros mismos, al incorporar nuestras actitudes negativas y positivas. Un mismo animal puede ser todo esto al mismo tiempo, dependiendo del día y de la persona con que trate.

Su pérdida puede dejar un enorme vacío, el cual puede ser tan grande como el que se siente con la muerte de un amigo humano o de un familiar; es una cosa para la que la mayoría de la gente no está preparada o no quiere estarlo. Se dice que San Francisco de Asís (conocido como el patrono y protector de los animales), respetaba y quería a los animales por el solo hecho de ser hijos de Dios y de venir del Creador.

La pérdida del compañero de andanzas es un dolor único e irrepetible, una experiencia que hay que vivir para poder entender; echamos de menos su olor, sus ladridos, sus juegos. Pocas pérdidas duelen tanto como la de la mascota: son años de complicidad, de entrega mutua y de compañerismo. Buscamos en todos los rincones de la casa, y, al no encontrarla, nos invade un vacío profundo. El dolor se agolpa en el pecho y, aunque intentamos controlarlo, las lágrimas comienzan a rodar por nuestra cara.

Es una experiencia que jamás se olvida, no solo porque a menudo desarrollamos relaciones particularmente cercanas con las mascotas, sino porque los animales pueden jugar un papel importante en nuestro desarrollo emocional, además de proveer una fuente de compañía, de afecto sin prejuicios, de seguridad y estabilidad en nuestras vidas.  La pérdida de una mascota puede ser devastadora para una persona y es fácil que caiga en la absoluta tristeza. Muchos, particularmente aquellos que viven solos, establecen profundos lazos emocionales con sus mascotas y pueden experimentar un sentimiento de pérdida significativo cuando éstas mueren; para algunas parejas sin hijos, el animal puede incluso asumir el rol de un hijo.

La muerte de la mascota también puede actualizar sentimientos de dolor por viejos conflictos no resueltos en el pasado, por un cónyuge fallecido, un hijo muerto o algún otro pariente o amigo, y es un recuerdo tangible de la propia mortalidad.
 
Autor Desconocido

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