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CARLOS MARIO GALLO MARTÍNEZ

LA TRANSFORMACIÓN

LA TRANSFORMACIÓN

 

 
LA TRANSFORMACIÓN
  
Un hombre recibió, cierta vez, la visita de algunos amigos, que al verlo viejo y sabio, le pidieron que les enseñara cuál era la manera de orar y qué debían pedirle a Dios. 
  
El hombre sonriente, les respondió:
-    Al principio, yo tenía el fervor de la juventud que cree en lo imposible. Entonces me arrodillaba ante Dios, y le pedía que me diera fortaleza para cambiar a la humanidad.  Al poco tiempo, vi que era una tarea que iba más allá de mis fuerzas.  Entonces comencé a pedirle a Dios que me ayudara a cambiar lo que estaba a mi alcance.  Pero sólo ahora, al final de mi vida, es que entendí el pedido que debí haber hecho desde el principio: que yo fuese capaz de cambiarme a mí mismo.
 
Paulo Coelho 

 

LAS 45 LECCIONES QUE LA VIDA ME HA ENSEÑADO

LAS 45 LECCIONES QUE LA VIDA ME HA ENSEÑADO

 

LAS 45 LECCIONES QUE LA VIDA ME HA ENSEÑADO
  
La vida no es justa, pero aún así es buena.
Cuando tengas una duda, sólo toma el siguiente paso pequeño que venga.
La vida es muy corta como para gastar tiempo odiando a alguien.
Tu trabajo no se encargará de ti cuando te enfermes, tus amigos y padres lo harán. Mantente en contacto con ellos.
Paga tus tarjetas de crédito cada mes.
No tienes que ganar cada discusión. Debes estar de acuerdo en no estar de acuerdo.
Llora con alguien. Sana más que llorar solo.
Está bien enojarse con Dios, ÉL lo puede soportar.
Ahorra para tu jubilación empezando desde el primer cheque de nómina.
Cuando se trate de chocolates, resistirse es inútil.
Haz las paces con tu pasado, así no se arruinará tu presente.
Está bien dejar que tus hijos te vean llorar.
No compares tu vida con la de otros. No tienes idea del viaje que ellos llevan.
Si una relación tiene que ser secreta, no deberías estar en ella.
Todo puede cambiar con un solo pestañear. Pero no te preocupes, Dios nunca pestañea.
Respira profundo. Esto calma la mente.
Deshazte de todo lo que no sea útil, bonito o alegre.
Lo que no te mata, de verdad te hace más fuerte.
Nunca es tarde para tener una infancia feliz. Pero la segunda depende de ti y de nadie más.
Cuando se trate de ir tras aquello que amas en la vida, no aceptes un "no" como respuesta.
Quema las velas, usa los manteles finos, ponte lencería fina. No los guardes para ocasiones especiales, hoy es un día especial.
Prepárate de más, y después sigue la corriente.
Sé excéntrico ahora. No esperes a ser viejo para usar el morado.
El órgano sexual más importante es el cerebro.
Nadie está a cargo de tu felicidad, excepto tú.
Etiqueta cada uno de esos llamados desastres con esta frase: "Dentro de 5 años, ¿esto importará?"
Siempre escoge la vida.
 Perdona todo y a todos.
Lo que otros piensen de ti no es tu problema.
El tiempo lo cura casi todo. Dale tiempo al tiempo.
Por más buena o mala que una situación sea, algún día cambiará.
No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.
Cree en los milagros.
Dios te ama por quien eres, no por nada que hayas hecho o dejado de hacer.
No audiciones para la vida. Preséntate y haz lo mejor de ella.
Envejecer es una mejor alternativa que morir joven.
Tus hijos solo tienen una infancia.
Todo lo que importa al final es que hayas amado.
Sal todos los días. Los milagros están esperando en todas partes.
Si todos apiláramos nuestros problemas y viéramos los montones de los demás, arrebataríamos de regreso los nuestros.
La envidia es una pérdida de tiempo. Ya tienes todo lo que necesitas.
Lo mejor está por venir.
No importa cómo te sientas, levántate, cámbiate y preséntate.
 Cede.
La vida no tiene un moño encima, pero aún así es un regalo.
 
Regina Brett   


Regina Brett, nació el 31 de mayo 1956 es columnista de The Plain Dealer, un  periódico de la ciudad de Cleveland, Estado de Ohio (Estados Unidos).

 

 

LA DISTANCIA DE LOS CORAZONES

LA DISTANCIA DE LOS CORAZONES

 
LA DISTANCIA DE LOS CORAZONES

Un día, Meher Baba preguntó:
-    ¿Por qué las personas se gritan cuando están enojadas?
 
Los hombres pensaron durante unos momentos.
-    Porque pierden la calma -dijo uno-, por eso se gritan.
-    Pero, ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? -preguntó Baba-. ¿No es posible hablarle en voz baja?  ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?

Los hombres dieron algunas otras respuestas, pero ninguna de ellas satisfacía al maestro Meher Baba. Finalmente, él explicó:
-    Cuando dos personas están enojadas y discuten, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esta distancia, deben gritar para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse la una a la otra a través de esa gran distancia.

Luego, Baba dijo:
-    ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran?  Pues que no se gritan, sino que se hablan suavemente, porque sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellas es muy pequeña.

Los discípulos lo escuchaban absortos y Meher Baba continuó:
-    Cuando se enamoran aún más, ¿qué sucede?  Los enamorados no hablan, sólo susurran y se acercan más en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es, observad lo cerca que están dos personas que se aman. Así pues, cuando discutáis, no dejéis que vuestros corazones se alejen, no digáis palabras que los distancien más. Llegará un día en que la distancia será tanta que ya no encontraréis el camino de regreso.

Extraído de: "Juntos pero no atados" de Jaume Soler y M. Mercé Conangla. 

LA PREOCUPACIÓN Y LA ANSIEDAD

LA PREOCUPACIÓN Y LA ANSIEDAD

 

LA PREOCUPACIÓN Y LA ANSIEDAD
  
Si vives siempre preocupado por el futuro, la ansiedad será tu compañera constante.
  
Si alguien te persiguiera queriendo asestarte un golpe, o si un perro te siguiera queriendo morderte, tendrías una justificación para sentir miedo.  Pero el miedo que generalmente experimentas no tiene nada que ver con algo inmediato, concreto y verdadero.  Se presenta de muchas formas: incomodidad, preocupación, ansiedad, nerviosismo, tensión, temor, fobia, etc.  El mismo se basa en algo que podría pasar, no en algo que está ocurriendo ahora.  Tú estás en el aquí y ahora mientras que tu mente está en el futuro.  Eso crea ansiedad.
 
Tú puedes siempre hacer frente al momento presente, pero no puedes hacerle frente al futuro, porque él mismo, es sólo una expectativa.  Si siempre estás preocupado, si pasas pensando en ¿qué pasaría si...?  Significa que te has dejado dominar por tu mente, que estás proyectándote a una situación futura imaginaria y creando miedo.  No hay forma de que puedas hacerle frente a esa situación, porque no existe; es sólo un fantasma mental.  Tú puedes detener esta locura que corroe tu salud y tu felicidad, simplemente reconociendo el momento presente.
 
Todo lo que tienes que manejar o enfrentar es la vida real en este momento.  Tú puedes enfrentar el "ahora", pero nunca podrás enfrentar el futuro, ni tienes que hacerlo.  La respuesta, la fuerza, la acción o el recurso correcto estará allá cuando lo necesites, no antes ni después.
 
Cuando te des cuenta que estás divagando en algo futuro, vuelve a tu presente, respira profundo; siente el aire que fluye de y hacia tu cuerpo; siente tu energía interior, y vas a recobrar tu tranquilidad, y tu paz.
 
Autor Desconocido 

 

CARTA A DIOS

CARTA A  DIOS

 

CARTA A DIOS
 
Gracias.  Con esta palabra podría concluir esta carta, ¡Dios Mío, Amor Mío!
 
Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor?  No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mí.  No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.
 
Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad.  Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.
 
Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida.  
 
¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente.  Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?   Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.
 
Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.  Absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infaltablemente, a la hora de comer.
 
Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.  A todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises.
 
Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mí eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.
 
A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mí no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mí mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
 
Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.  Presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.
 
Me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes.  Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.
 
Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?  He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte.
 
Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.  Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!
 
Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.
 
He querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras.  ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor?  Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.
 
José Luis Martín Descalzo   
Sacerdote, Periodista y Escritor Español
1930  -  1991
  

 

ORACIÓN

ORACIÓN


ORACIÓN
 

Esta oración fue dicha en la apertura del Período Ordinario de Sesiones del año 2011, en el Senado de Argentina, por el padre Luis Farinello:
 
"Señor, venimos delante de Ti este día, para pedirte  perdón y para pedir tu dirección.  Sabemos que Tu Palabra dice: 'Maldición a aquellos que llaman "bien" lo que está "mal" y es exactamente lo que hemos hecho. 

Hemos perdido el equilibrio espiritual y hemos cambiado nuestros valores.  
Hemos explotado al pobre y hemos llamado a eso "distribución de la riqueza".
Hemos recompensado la pereza y la hemos llamado "Planes Sociales".
Hemos matado a nuestros hijos que aún no han nacido y lo hemos llamado "la libre elección".
Hemos dejado que maten y roben y lo hemos llamado "derechos humanos".
Hemos sido negligentes al disciplinar a nuestros hijos y lo hemos llamado "desarrollar su autoestima".
Hemos sido corruptos y abusado del poder y hemos llamado a eso: "Política".
Hemos codiciado los bienes de nuestro vecino y a eso lo hemos llamado "tener ambición".
Hemos contaminado las ondas de radio y televisión con mucha grosería y pornografía y lo hemos llamado "libertad de expresión".
Hemos ridiculizado los valores establecidos desde hace mucho tiempo por nuestros ancestros y a esto lo hemos llamado "obsoleto y pasado".
 
¡Oh Dios!, mira en lo profundo de nuestros corazones; purifícanos y líbranos de nuestros  pecados.
 
Amén
 
Padre Luis Farinello

PERMITIRSE LLORAR

PERMITIRSE LLORAR

PERMITIRSE LLORAR

Permitirse llorar no es fácil. Nos han educado para ser fuertes, ser árboles de pie ante las adversidades de la vida.   Muchas veces sentimos angustia, tenemos el pecho dolorido ante tantas presiones y seguimos caminando, no nos detenemos a llorar: "debes ser fuerte", "llorar es de los débiles", "los hombres no lloran", "llorar es sinónimo de debilidad". 
 
Tantas frases hemos escuchado en nuestra infancia y en nuestra juventud que ante el dolor, la pérdida, las injusticias y el fracaso,  no nos permitimos llorar y tantas presiones y exigencias en esos pequeños instantes íntimos, nos dejamos llevar y las lágrimas que ahogan nuestro ser empiezan a brotar.
 
Sufrir la pérdida de ciertas cosas es inherente a la vida del ser humano. Muchas veces las cosas que perdemos o que se rompen en nuestras vidas son irreemplazables y ni siquiera nosotros mismos podemos repararlas.  Sin embargo, los que nos quieren pueden ayudarnos a aliviar nuestro dolor y a soportar las pérdidas.
 
Cuando somos padres, tratamos de demostrar que somos fuertes a nuestros hijos, que nada nos quiebra, que nada nos duele ya que tememos dañarlos con nuestras debilidades, con nuestras lágrimas y ¡qué equivocados estamos!  Ellos saben de nuestras tristezas y de nuestras alegrías.  Sólo con mirarnos, con abrazarnos, con acariciarnos perciben nuestro dolor.

No pidamos permiso para llorar.  Si sentimos que no podemos contener nuestras lágrimas, si sentimos que el corazón nos duele: lloremos.  No tenemos que ser fuertes todo el tiempo, toda la vida.  Debemos permitirnos ser débiles y dejar que nuestros sentimientos salgan.
 
Hay una frase que dice todo con pocas palabras: ”Si nunca encaras tu pena, y dejas de reír para llorar, nunca conocerás la dicha del que deja de llorar para reír".
 
Autor Desconocido 

EL ABECEDARIO CRISTIANO

EL ABECEDARIO CRISTIANO

 

EL ABECEDARIO CRISTIANO


Alaba a Dios en cada circunstancia de la vida.
Busca la excelencia, no la perfección.
Cuenta tus bendiciones en vez de sumar tus penas.
Devuelve todo lo que tomes prestado.
Encomienda a Dios a tres personas cada día.
Fíate de Dios de todo corazón y no confíes en tu propia inteligencia.
Gózate con los que gozan y llora con los que lloran.
Haz nuevos amigos pero aprecia a los que ya tienes.
Invita a Cristo a ser tu Señor y Salvador.
Jamás pierdas una oportunidad de expresar amor.
Llénate del amor de Dios, que todo lo puede y está dispuesto a amarte siempre.
Mantente alerta a las necesidades de tu prójimo. 
No culpes a los demás por tus infortunios.
Olvida las ofensas y perdona así como Dios te perdona.
Promete todo lo que quieras; pero cumple todo lo que prometes.
Que se te conozca como una persona en quien se puede confiar.
Reconoce que no eres infalible y discúlpate por tus errores.
Sé la persona más amable y entusiasta que conoces.
Trata a todos como quisieras que te traten.
Únete al ejército de los agradecidos.
Vístete de misericordia, humildad y paciencia.
Y no te olvides de soportar a los demás como a ti te soportan.
Záfate de las garras seductoras de Satanás. 
 

Autor Desconocido