Blogia

CARLOS MARIO GALLO MARTÍNEZ

DOS BEBÉS EN UN PESEBRE

DOS BEBÉS EN UN PESEBRE

  DOS BEBÉS EN UN PESEBRE

En 1994 dos americanos respondieron una invitación que les hiciera llegar el Departamento de Educación de Rusia, para enseñar Moral y  Ética basados en principios Bíblicos.  Debían enseñar en prisiones, escuelas públicas y en un gran orfanato.  En el orfanato había casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados, y dejados en manos del Estado.  De allí surgió esta historia relatada por los mismos visitantes:
 
Se acercaba la época de las fiestas, los niños del orfanato iban a escuchar por primera vez la historia tradicional de la Navidad. Les contamos acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el niño Jesús nació y fue puesto en un pesebre.
 
A lo largo de la historia, los niños y los empleados del orfanato no podían contener su asombro.  Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra.  Una vez terminada la historia, les dimos a los niños tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre.  A cada niño se le dio un cuadradito de papel cortado de unas servilletas amarillas que yo había llevado conmigo.  En la ciudad no se podía encontrar un sólo pedazo de papel de colores.
 
Siguiendo las instrucciones, los niños cortaron y doblaron el papel cuidadosamente, colocando las tiras como paja.  Unos pequeños cuadraditos de franela cortados de un viejo camisón que una señora americana se olvidó al partir de Rusia, fueron usados para hacerle la manta al bebé.  De un fieltro marrón que trajimos de los Estados Unidos cortaron la figura de un bebé. 
 
Mientras los huérfanos estaban atareados armando sus pesebres, yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda.  Todo fue bien hasta que llegué donde el pequeño Misha estaba sentado.  Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo.  Cuando miré el pesebre quedé sorprendido al ver no un solo niño dentro de él sino dos.  Llamé rápidamente al traductor para que le preguntara por qué había dos bebés en el pesebre.  Misha cruzó sus brazos y observando la escena del pesebre comenzó a repetir la historia muy seriamente.
 
Para ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez estaba muy bien, hasta que llegó a la parte donde María pone al bebé en el pesebre.  Allí Misha empezó a inventar su propio final para la historia, dijo:  "Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar.  Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para estar.  Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él.  Yo le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle, pero yo quería quedarme con Jesús.  Entonces pensé ¿qué cosa tenía yo que pudiese darle a Él como regalo?, fue cuando se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor.  Por eso le pregunté a Jesús:
-    Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para ti?
Y Jesús me dijo:
-    Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido.
 
Por eso me metí dentro del pesebre:  "Jesús me dijo que podía quedarme allí con Él para siempre".
 
Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo.  El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él.  ¡Alguien que estaría con él para siempre!
 
Y yo aprendí: que no son las cosas que tienes en tu vida lo que cuenta, sino quienes tienes, lo que verdaderamente importa.
 
Autor Desconocido 

BETO, MI MASCOTA

BETO, MI MASCOTA

BETO, MI MASCOTA

Para muchas personas, las mascotas son una parte importante de la vida, y ocupan un sitio especial en el corazón.  Una mascota puede ser un compañero fiel, una parte integral de la vida hogareña y del programa diario de una persona.  Una mascota puede dar un amor incondicional que muchas personas no pueden obtener de nadie más. Por esto, cuando una mascota especial muere, esta pérdida puede tener un impacto significativo sobre la salud y el bienestar de una persona.

Los animales realizan muchas tareas para los humanos y los lazos afectivos que se forman entre ellos pueden llegar a ser muy fuertes, y pueden despertar fuertes sentimientos de apego. Por eso, muchas personas se sorprenden ante la profundidad de los sentimientos que experimentan ante la muerte de su mascota. La verdad es que una mascota querida es más que una compañía, es un miembro valioso de la familia y una parte de la vida diaria.

Su afecto incondicional, su hacer y sus enseñanzas hacen que se gane su espacio en nuestra familia y en nuestros corazones. Su compañía nos permite expresar emociones y aliviar el estrés. Nuestra mascota nos enseña a:

    Aprender a cuidar de otros.
    Manifestar los afectos, desarrollar mejor la sensibilidad, la ternura y el cariño hacia un tercero.
    Jugarse en un amor más profundo.
    Educar (aprendemos a enseñar hábitos y normas a los demás y ponemos en práctica lo que nos han enseñado).
    Entender el ciclo de la vida (especialmente en el caso de los niños, pues aprenderán que todos nacemos y moriremos alguna vez).

Las mascotas viven vidas relativamente cortas. Y para muchos de los que las amamos, su muerte puede afectarnos tanto o más que la de ciertos familiares o amigos. Sin duda, son muy pocos los que no son tocados por la muerte de un animal doméstico. Los animalitos simbolizan diferentes cosas en  cada uno de nosotros: pueden ser el niño que todavía no hemos concebido, o quizás el que todos llevamos dentro; puede reflejar al compañero o al padre ideal, siempre fiel, paciente, que nos da la bienvenida al llegar a casa y nos ama incondicionalmente. Es como un amigo y un hermano al mismo tiempo. Nos refleja a nosotros mismos, al incorporar nuestras actitudes negativas y positivas. Un mismo animal puede ser todo esto al mismo tiempo, dependiendo del día y de la persona con que trate.

Su pérdida puede dejar un enorme vacío, el cual puede ser tan grande como el que se siente con la muerte de un amigo humano o de un familiar; es una cosa para la que la mayoría de la gente no está preparada o no quiere estarlo. Se dice que San Francisco de Asís (conocido como el patrono y protector de los animales), respetaba y quería a los animales por el solo hecho de ser hijos de Dios y de venir del Creador.

La pérdida del compañero de andanzas es un dolor único e irrepetible, una experiencia que hay que vivir para poder entender; echamos de menos su olor, sus ladridos, sus juegos. Pocas pérdidas duelen tanto como la de la mascota: son años de complicidad, de entrega mutua y de compañerismo. Buscamos en todos los rincones de la casa, y, al no encontrarla, nos invade un vacío profundo. El dolor se agolpa en el pecho y, aunque intentamos controlarlo, las lágrimas comienzan a rodar por nuestra cara.

Es una experiencia que jamás se olvida, no solo porque a menudo desarrollamos relaciones particularmente cercanas con las mascotas, sino porque los animales pueden jugar un papel importante en nuestro desarrollo emocional, además de proveer una fuente de compañía, de afecto sin prejuicios, de seguridad y estabilidad en nuestras vidas.  La pérdida de una mascota puede ser devastadora para una persona y es fácil que caiga en la absoluta tristeza. Muchos, particularmente aquellos que viven solos, establecen profundos lazos emocionales con sus mascotas y pueden experimentar un sentimiento de pérdida significativo cuando éstas mueren; para algunas parejas sin hijos, el animal puede incluso asumir el rol de un hijo.

La muerte de la mascota también puede actualizar sentimientos de dolor por viejos conflictos no resueltos en el pasado, por un cónyuge fallecido, un hijo muerto o algún otro pariente o amigo, y es un recuerdo tangible de la propia mortalidad.
 
Autor Desconocido

MILAGROS DE NAVIDAD

MILAGROS DE NAVIDAD

MILAGROS DE NAVIDAD
                      Por: Jorge Bucay

Había una vez, en un pequeño pueblo, un viejo cura párroco famoso y respetado por su sabiduría y su bondad.  Su parroquia, bastante alejada de la plaza central del pueblo, se mantenía casi ignorada y oscura durante todo el año.  Sin embargo, cada diciembre cuando se acercaba la Navidad, la calle entera de la iglesia parecía adquirir luz propia.  Es verdad que el desproporcionado árbol de Navidad que el anciano armaba en el ciprés de la vereda, frente a la iglesia, irradiaba un brillo incomparable, pero no era sólo eso.  Cada ladrillo del frente del viejo edificio parecía iluminarse desde adentro y alumbrar la que hasta unas horas antes era una de las calles más oscuras del barrio.
 
Desde la otra punta del pueblo se veía la luminosidad que parecía expandirse desde la vieja parroquia elevándose en el cielo.  Quizá por eso, quizá por la nobleza del viejo cura, hombre puro de alma y espíritu y sacerdote de fe inquebrantable, quizá por la suma de todas las cosas, la Navidad traía al pueblo un hecho que para muchos representaba su milagro navideño.  Cada año, para estas fechas, todos los que tenían un deseo insatisfecho, una herida en el alma o la imperiosa necesidad de algo importante que no habían podido lograr, iban a ver al viejo cura.  El se reunía con ellos, los escuchaba, y los convocaba para que prepararan su corazón para un milagro antes de la Natividad.
 
Cuando el día esperado llegaba y todos estaban reunidos frente a la parroquia, el cura encendía algunas velas más alrededor del árbol, y luego recitaba una oración en voz muy baja (como si fuera para él mismo).   Dicen, que cada Navidad Dios escuchaba las palabras del párroco cuando hablaba.  Dicen que a Dios le gustaban tanto las palabras que decía, dicen que se fascinaba tanto con aquel árbol de Navidad iluminado de esa manera, dicen que disfrutaba tanto de esa reunión cada Nochebuena, que no podía resistir el pedido del cura y concedía los deseos de las personas que ahí estaban, aliviaba sus heridas y satisfacía sus necesidades.
 
Cuando el anciano murió, y se acercaron las navidades, la gente se dio cuenta que nadie podría reemplazar a su querido párroco.  Cuando llegó diciembre, sin embargo, decidieron de todas maneras armar el árbol de Navidad frente a la parroquia e iluminarla como lo hacía en vida el sacerdote.  Y esa Nochebuena, siguiendo la tradición que el cura había instituido, todos los que tenían necesidades y deseos insatisfechos se reunieron en la vereda y encendieron velas como lo hacía el viejo párroco.  Se hizo un silencio.  Nadie sabía lo que el viejo párroco decía cuando el árbol se iluminaba por completo.  Como no conocían las palabras, empezaron a cantar una canción, recitaron unos salmos, y al final se miraron a los ojos compartiendo en voz alta sus dolores, alegrías y temores en ese mismo lugar, alrededor del árbol.
 
Y dicen... que Dios disfrutó tanto de esa gente reunida alrededor del ciprés, frente a la vieja parroquia, hermanados en sus deseos, que aunque nadie dijo las palabras adecuadas, igual sintió el deseo de satisfacer a todos los que ahí estaban.  Y lo hizo.  Desde entonces, cada Nochebuena en aquella parroquia, alrededor de ese árbol tan especial, algunos milagros ocurrían. 
 
El tiempo ha pasado y de generación en generación, la sabiduría se ha ido perdiendo.  Y aquí estamos nosotros.  Nosotros no sabemos cuál es el pueblo donde está la parroquia.  Nunca conocimos al bondadoso anciano y mucho menos sabemos cuáles eran sus mágicas palabras.  Nosotros ni siquiera sabemos cómo armar nuestro árbol de la manera en que él lo hacía.  Sin embargo, hay dos cosas que sí sabemos: sabemos esta historia, y sabemos que Dios adora tanto este cuento, que disfruta tanto de las historias navideñas, que basta que alguien cuente esta leyenda y que alguien la escuche, para que Él, complacido, satisfaga cualquier necesidad, alivie cualquier dolor y conceda cualquier deseo a todos los que todavía, aunque sea un poco, creen en la magia de la Navidad.
 
Jorge Bucay

MI ALMA ME HABLÓ

MI ALMA ME HABLÓ

MI ALMA ME HABLÓ
 
Mi alma me habló y dijo: "No te alegres con el elogio y no te angusties con el reproche".
 
Antes de que mi alma me aconsejara yo dudaba del mérito de mi trabajo.  Ahora me doy cuenta de que los árboles florecen en primavera y dan sus frutos en verano sin esperar elogio, y dejan caer sus hojas en otoño y quedan desnudos en invierno sin temor al reproche.

Mi alma me habló y me hizo ver que no soy más que el pigmeo ni menos que el gigante.  Antes de que mi alma me hablara yo veía a la humanidad dividida en dos clases de hombres: una débil, de la que me compadecía, y una fuerte, a la que seguía o resistía desafiante.  Pero ahora aprendí que soy como ambos y estoy hecho de los mismos elementos.  Mi origen es su origen, mi conciencia su conciencia, mi pretensión, su pretensión y mi peregrinaje su peregrinaje.

Mi alma me habló y me dijo: "La linterna que llevas no es tuya y la canción que cantas no fue compuesta en lo profundo de tu corazón, porque aunque sostengas la luz no eres la luz, y aunque seas un laúd con las cuerdas tensas no eres el ejecutante."

Mi alma me habló, hermano, y me enseñó muchas cosas. Y tu alma también te ha hablado y también te ha enseñado.  Porque tú y yo somos uno y no hay diferencia entre nosotros, salvo que yo proclamo lo que hay en mi ser íntimo, mientras que tú lo guardas como un secreto de tu intimidad.  Pero en tu reserva hay una especie de virtud.
 
Gibran Khalil Gibran
Poeta, pintor, novelista y ensayista libanés
(1883  -  1931)
 
ACÉRCATE, SEÑOR

Si algún día mi humano pensamiento se olvida, mi Señor, de tu existencia; si algún día se acalla en mi conciencia la verdad de tu fiel conocimiento; si algún día en el goce del momento me alejo de tu mística vivencia; si algún día razones de la ciencia contradicen mi fe, mi sentimiento, acerca tu palabra a mis oídos, tu luz a la pupila de mis ojos, escucha el eco virgen de mi entrega; acerca tu perdón a mis latidos, tu fuego a mi maleza, a mis abrojos, despierta a mi alma sorda, muda y ciega.
 
Emma-Margarita R. A.-Valdés
Del libro "Versos de amor y gloria" 

ORACION DE AÑO NUEVO

ORACION DE AÑO NUEVO


Señor Dios, dueño del tiempo y de la eternidad,
tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.
Al terminar este año quiero darte gracias
por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores,
el aire y el sol, por la alegría y el dolor,

por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.
Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que
pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos 
y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé,
las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí 
y los que estén más lejos,
los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, 
con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.


Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón,
perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado,
por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho,
y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando 
y que hasta ahora vengo a presentarte.
Por todos mis olvidos, descuidos y silencios
nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año
y detengo mi vida ante el nuevo calendario
aún sin estrenar y te presento estos días
que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, 
la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad
llevando a todas partes un corazón lleno
de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios
a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo 
lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones 
y las derrame a mi paso.

Cólmame de bondad y de alegría para que,
cuantos conviven conmigo o se acerquen a mí
te encuentren a TI.

Mi Oración de Agradecimiento

Mi Oración  de  Agradecimiento

 

Mi Oración  de  Agradecimiento

 

Señor Dios,

 dueño del tiempo y  de la eternidad,

Tuyo es el hoy y  el mañana,

el pasado y el futuro.

Al acabar  un año más,
 quiero decirte GRACIAS
por todo aquello que recibí
de Tí.

Gracias por la vida
 y por el amor, por las flores,
por el aire y por el sol,
por la alegría y por el dolor,
por lo que fue posible
y por lo que no fue.

Te ofrezco todo lo que hice, el trabajo que pude realizar,
las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te Presento
a Mi Familia, Mis Hijos,
 Los Amigos De Siempre, Las Amistades Nuevas
Los Antiguos Amores, y al Amor de Mi Vida

Los que están cerca de mi,
los que pude ayudar,
y aquellos con quien compartí
la vida, el trabajo,
el dolor y la alegría.

Mas también, Señor,
 hoy te quiero pedir perdón.
Perdón por el tiempo perdido,
por el dinero mal gastado,
por la palabra dura e inútil
y el amor desperdiciado.

Perdón por las  obras vacías y
Por el trabajo mal hecho,  perdón por vivir
sin entusiasmo.

También por la oración  que poco a poco fui aplazando

y que ahora vengo a presentarte,

por todos mis olvidos, descuidos y silencios,

nuevamente Te pido perdón.

 Y  que los próximos días
sean siempre
Bendecidos.

Detengo mi vida
delante del calendario
y te presento mis días,
que únicamente Tú sabes
si llegaré a vivirlos.

Hoy,  para el año     nuevo que se avecina;
Te pido para mi,
 mis parientes y amigos,
la paz y la alegría,
la fortaleza y la prudencia,
la lucidez y la sabiduría.

Quiero
 vivir cada día
 con optimismo y bondad,
llevando a todas partes
un corazón lleno de
comprensión y paz.

Cierra mis oídos   a toda falsedad
 y mis labios  a palabras mentirosas,
egoístas o que  lastimen.

 

Que mi espíritu
 sea repleto únicamente
de Tu Gracia
y de Bendiciones
para que las derrame
por donde quiera que pase.

Señor,
 a mis amigos que leen
este mensaje,
 llénalos de Tu Bendición,
Sabiduría, Paz y Amor.

Y que nuestra amistad
 dure para siempre en
nuestros corazones.

Lléname, también,
 de bondad y alegría
 para que todas las personas
que yo encuentre en mi camino
puedan descubrir en mí
un poquito de Tí.

Danos siempre días felices,
 y enséñanos
a repartir felicidad.

Amen

 

 

 

 

 

 

EL MENSAJE DE LA NAVIDAD

EL MENSAJE DE LA NAVIDAD

 

EL MENSAJE DE LA NAVIDAD
 
Faltaba una semana para la Navidad y la asociación de mujeres de la iglesia había proyectado una fiesta de Navidad en el asilo de ancianos.  En mi calidad de secretaria, tuve que telefonear a todas las asociadas para pedirles que prepararan algún plato y fueran a atender personalmente a los ancianos.  La mayoría contestaba que encantada prepararía un pastel, pero que no tenían tiempo para asistir a la fiesta.  Me molestó constatar que tan sólo ocho de treinta y cinco asociadas dijeron que vendrían a ayudar y teníamos que servir a casi doscientos ancianos.
 
Las pocas señoras que se habían comprometido a ayudar colocaban los adornos de Navidad, organizaban las sillas y realizaban los diversos trabajos necesarios para poner en marcha la fiesta.  Gladys, la presidenta de la asociación, ya se encontraba tras la larga mesa en la que cada una iba dejando su torta, preparando el ponche y cortando los pasteles.   Me acerqué a ella y le dije:
-    ¡Qué lástima!  Habría deseado que más señoras hubieran querido ayudar.  ¿Por dónde quieres que empiece?
 
La cálida sonrisa de Gladys casi borró mi resentimiento:
-    Puedes ayudar llevándole la merienda a los ancianos que no pueden salir de su cuarto.
-    Cómo no, dije agarrando una bandeja. ¡Será mejor que comience pronto, pues voy a tardar un siglo en servirles a todos!
 
Empezó la música y no sé quién se puso a cantar villancicos con los ancianos, que estaban todos reunidos en el inmenso patio del establecimiento.  Yo no tenía tiempo de escuchar ni disfrutar las canciones.  Me pasé la tarde corriendo de un lado a otro, llevando pasteles y ponche, sin mirar casi ni de reojo a los ancianos que servía.  A cada
uno le daba además una bolsa de caramelos y un regalo.
 
Recorrí todas las alas del edificio, me dolían las piernas de subir las escaleras.  Una de las tantas veces que subí, una viejita que llevaba un vestido estampado, rasgado y desteñido me tocó el brazo y me dijo tímidamente:
-    Perdone, señorita.  ¿Tendría la bondad de cambiarme el regalo?
Me volví hacia ella irritada y repliqué:
-    ¿Cambiarle el regalo? ¿Por qué? ¿Es que le tocó uno de hombre?
-    No, no... dijo vacilante.  Es que me tocaron perlas.  Las perlas representan lágrimas y yo ya no quiero más lágrimas.
 
Pensé: ¡Qué superstición más tonta! ¡Hay que ver cómo está el mundo! ¡Deberían agradecer cualquier cosa que les dieran!
-    Lo siento.  Ahora estoy muy atareada.  A lo mejor después se lo puedo cambiar.
 
Me fui corriendo para llenar otra vez la bandeja y me olvidé al instante de la señora.
 
Con la bandeja llena de tortas llegué corriendo a la sección de mujeres, en la planta baja.  Abrí la puerta del cuarto apoyándome de espaldas y una vez dentro, di la vuelta; cuando vi lo que había allí, me estremecí de tal modo que la bandeja me empezó a temblar en mis manos.  ¡En aquel cuarto feo y deslucido, acostada en un camastro de
sábanas grises y con un camisón raído, estaba mi madre!  ¿Mamá?  ¡No puede ser!  ¡Mamá está muerta! y de estar viva, no se encontraría en un lugar así.  Se trataba de un asilo para ancianos sin familia, gente pobre y enferma que no tenía donde estar ni quien la cuidara.
 
No podía ser; los ojos me estaban haciendo una jugarreta.  Cuando volví a abrirlos pude ver mejor a la mujer demacrada que ocupaba el cuarto.  No era mi madre, sino una viejita de cabello gris y ojos azules, que ni se parecía mucho a ella.  ¿Qué me habría pasado que pensé que esa pobre mujer era mi madre?  Sería la madre de otro, no la mía. Entonces, ¿por qué no me sentí aliviada? Todo lo contrario, me embargó un dolor inmenso y se me hizo un nudo en la garganta.
 
Sin pronunciar palabra, volví a salir justo a tiempo para que no me viera llorar.  Por el oscuro pasillo retorné a la mesa en la que se encontraba Gladys trabajando, muy animada.  Se me debía de notar lo mal que me sentía, porque su expresión cambió en cuanto me vio y me dijo:
-    ¿Qué te pasa, Betty? me preguntó, rodeándome con el brazo.
-    Es que vi a mi madre... dije sollozando.  ¡Acabo de ver a mi madre allí en un cuarto! No puedo seguir.
-    Lo que te pasa es que estás agotada. Tómate un descanso.
 
Varias personas que se encontraban por allí cerca empezaron a mirarme.  Agarré una servilleta y me fui corriendo para que no me vieran llorar.  Me dirigí a un rincón de la sala donde no había luz y me senté sollozando:
-    Señor recé, ¿qué me pasa? ¿Me estoy volviendo loca?, y casi al instante oí su respuesta, que no me llegó con palabras audibles sino en mis pensamientos: «Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres... y no tengo amor, de nada me sirve.».
 
Caí en la cuenta de que esas palabras iban sin duda alguna dirigidas a mí.  Ese día yo había preparado tortas, caminado kilómetros, llevado comida a muchas personas, pero, ¿para qué? ¿A quién había estado sirviendo?  ¿A quién había tratado con cariño?  ¡Ni siquiera me había molestado en mirar a nadie!  Los ancianos no significaban nada para mí, ni veía sus rostros... hasta que vi en alguien que sufría el rostro amado de mi madre.  Entonces cobraron vida para mí los ancianos:
-    Perdóname, Señor dije en voz baja.  Lo he hecho todo al revés.  Tengo que volver a empezar.
 
Respiré profundamente, me enjugué las lágrimas y volví a la mesa de los pasteles.  Gladys me miró desde donde estaba ocupada y me dijo:
-    Ya has hecho bastante por hoy, Betty. ¿Por qué no te vas a casa a descansar? 
-    No me pidas que me vaya le respondí.  En realidad, recién voy a empezar como debe ser.
 
Cuando estaba a punto de irme cargando otra bandeja, de pronto me acordé:
-    Gladys, ¿tienes otro regalo para señoras? Tengo que cambiar uno.
 
Ella me pasó una cajita que contenía un broche de piedras rojas con forma de corazón:
-    Gracias, es ideal le dije, agarrándola y alejándome deprisa hacia el patio.
 
Haz que encuentre a esa mujer, oré para mis adentros.  Ni me había molestado en mirarle la cara.  Había estado demasiado ocupada para prestarle alguna atención. Busqué entre todos los ancianos, de fila en fila.  A todos se les veía contentos, cantando villancicos mientras resonaba la música.  Por primera vez en todo el día, empecé a sentirme feliz.  Entonces vi el andrajoso vestido estampado.  La señora estaba sentada contra la pared, sola, teniendo en su regazo los caramelos sin desenvolver y las perlas.  Se veía muy triste y desdichada.  Me acerqué corriendo y le hablé:
-    La he buscado por todas partes.  Tome, le traje un regalo diferente.
 
Alzó la vista sorprendida y luego, casi como quien pide perdón, agarró la caja y la abrió.  Los ojos se le iluminaron y sonrió de oreja a oreja encantada:
-    Muchas gracias, señorita exclamó, es muy bonito.
 
De nuevo se me hizo un nudo en la garganta, pero esta vez no me importó:
-    Deje que se lo coloque le dije.  Y déme esas perlas, que ninguna falta nos hacen las lágrimas en Navidad.
 
Cuando me fui, la dejé cantando en el patio con los demás y me dio la impresión de que se me quitaba un peso tremendo de encima.  Sólo me quedaba una cosa por hacer antes del fin de la fiesta: volver al cuarto  de la sección de mujeres, en la planta baja.  De alguna forma tenía que darle las gracias a aquella anciana, pero no sabía cómo.  Cuando empujé la puerta, me encontré a la señora sentada en la cama, comiéndose la torta y cuando entré sonrió:
-    Feliz Navidad mamita, le dije.
-    ¡Qué bueno que haya vuelto me contestó!  Quería darles las gracias a todas las señoras por venir y hacernos la fiesta.  Me gustaría hacerle un regalo, pero no tengo nada que le pueda dar.  ¿Le puedo cantar una canción?
 
Ya no me podía contener más y asentí con la cabeza.  Me senté en la cama mientras ella me interpretó, con voz chillona, tres estrofas de una canción muy triste que jamás había escuchado en mi vida.  Pero el resplandor de sus ojos pudo más que la letra y dejó en mí bien claro el mensaje de la Navidad:  ¡Compartir con los demás!
 
Autor Desconocido  

 

ORACIÓN DE NAVIDAD

ORACIÓN DE  NAVIDAD

Niño Dios, tú que llegaste al mundo para salvar, te pido años de paz.

Niño Dios, tú que naciste en un pesebre, te pido que no haya más miserias en el mundo.

Niño Dios, tu que naciste de una madre virgen, te pido pureza en este mundo.

Niño Dios, tu que eres salvador, sálvanos de los desastres que nos provoca la naturaleza.

Niño Dios, tú que nos diste la vida para vivirla, que la vivamos de acuerdo a tu gloriosa vida.

Amén.